La web de la agencia Iconoclasta.

ICONOCLASTA es un proyecto creado específicamente para la exposición colectiva Insectos, que tuvo lugar en 2026 en la librería Térmita, en Oporto, y en la cual tuve la suerte de participar. El punto de partida fue un verso del poeta portugués Herberto Helder:

«Érase una vez un lugar donde pájaros terribles cantaban inspirados por la agonía de los insectos», y según el cual la comisaria, los y las artistas participantes harían sus proprias interpretaciones. Para la exposición decidí desarrollar un proyecto completamente nuevo, partiendo de algunas notas e ideas que llevaba años acumulando. 

En mi interpretación, a los pájaros los interpreté como todos aquellos que contribuyen para la precariedad de la vida y, en particular, los fondos buitre. Los insectos somos quienes habitan bajo una presión cada vez mayor: el aumento de los alquileres, la precariedad de los contratos, el desplazamiento hacia las periferias y la posibilidad real del desahucio.

Para hablar de todo ello creé una agencia inmobiliaria: ICONOCLASTA. Un iconoclasta es, históricamente, quien destruye imágenes consideradas sagradas. Por extensión, también quien cuestiona imágenes, reglas y convenciones establecidas. ICONOCLASTA parte precisamente de esa idea: intervenir en una de las imágenes aparentemente más estables de nuestro presente —la vivienda convertida en propiedad, inversión y activo financiero— utilizando para ello el propio lenguaje del mercado inmobiliario. La agencia tiene todo lo que se espera de una agencia. Tiene una web, propiedades disponibles, folletos, códigos QR, fichas de inmuebles e incluso una tarjeta de su director, Carlos Barradas, fotografiado delante de un cuadro significativamente desenfocado. Pero cuando uno se detiene ante sus anuncios empieza a ocurrir algo extraño. Fotografías que he realizado a lo largo de los años aparecen ahora transformadas en “oportunidades”, “activos”, “propiedades con potencial” o “espacios en transformación”. Vemos una imagen principal del supuesto inmueble, pero las demás parecen no haber cargado. En su lugar permanece el pequeño icono de imagen rota y una frase:

Image may contain… / La imagen puede contener…

El dispositivo parte de un episodio ocurrido durante la caída de Facebook e Instagram del 3 de julio de 2019. Durante aquella interrupción, muchas imágenes dejaron de cargarse y quedaron visibles las descripciones generadas automáticamente por los sistemas de reconocimiento de imagen de la plataforma: frases aparentemente asépticas que pretendían describir aquello que la imagen contenía. Esa pretendida neutralidad me interesa precisamente porque es imposible. Describir una imagen también significa interpretarla. Aquello que vemos —y aquello que decidimos no ver— depende de nuestro contexto, de nuestros conocimientos, de nuestra posición y del lenguaje disponible para nombrarlo.

En ICONOCLASTA, el algoritmo parece haber aprendido además el vocabulario inmobiliario.

La imagen puede contener: una actualización del alquiler, cálculos cuidadosos y un salario descubriendo los límites de su elasticidad.

La imagen puede contener: una carta certificada, dos cajas de cartón y un desahucio reformulado como movilidad residencial.

La imagen puede contener: un mapa turístico, ruedas de maleta y un vecino de larga duración desvaneciéndose lentamente hacia la estacionalidad.

En Térmita, la instalación convierte una pared en el escaparate de una inmobiliaria real. Hay anuncios, folletos y propiedades. En el suelo, cartas reales de desahucio quedan bajo los pies de quienes recorren la exposición. Y entonces ocurrió algo que el proyecto no podía prever.

El desahucio de Maricarmen, de 87 años, de la vivienda madrileña en la que había vivido durante más de siete décadas, convirtió brutalmente algunas de estas ficciones inmobiliarias en algo demasiado reconocible. No quiero utilizar su historia como ilustración del proyecto. Es precisamente al contrario: su historia recuerda que detrás de palabras como rentabilidad, actualización, inversión, disponibilidad o puesta en valor existen vidas, biografías y formas concretas de habitar.

La movilización posterior y la acampada en la Puerta del Sol han vuelto a hacer visible una discusión que atraviesa buena parte de Europa: qué ocurre cuando una casa deja de entenderse principalmente como un lugar para vivir y empieza a ser leída, ante todo, como un activo.Quizá de eso trate finalmente ICONOCLASTA. No de mostrar imágenes de la crisis de la vivienda, sino de observar qué lenguaje necesitamos para dejar de verla.

Después llegó el desahucio de Maricarmen en Madrid. Una mujer de 87 años expulsada de la casa en la que había vivido durante más de siete décadas. No quiero convertir su historia en una ilustración de este proyecto. Sería exactamente al contrario: su historia obliga a recordar qué queda fuera del encuadre cuando hablamos de rentabilidad, puesta en valor, actualización de rentas, inversión o disponibilidad. La respuesta colectiva que siguió en Madrid —la movilización, la acampada en la Puerta del Sol, la negativa a aceptar el desahucio como un simple procedimiento administrativo— abre, por lo menos, otra posibilidad: la de volver a disputar públicamente qué significa una casa. Quizá sea ahí donde quiero situar ahora ICONOCLASTA.

No solo en las imágenes que no cargan, sino en todo aquello que el lenguaje del mercado consigue hacer desaparecer de la imagen.

Porque detrás de una “actualización de renta” puede haber alguien que ya no puede pagar su casa. Detrás de una “oportunidad de inversión”, alguien que tiene que marcharse. Y detrás de una “agilización del desahucio”, un desahucio.

En Portugal, la realidad parece competir con la ficción de ICONOCLASTA. En el segundo trimestre de 2026, Portugal registró la mayor subida interanual del precio de la vivienda de toda la Unión Europea: un 16,5 %. Al mismo tiempo, el precio mediano de los nuevos contratos de alquiler alcanzó un máximo de 10,17 euros por metro cuadrado, un 10,2 % más que un año antes.

Y es precisamente en este contexto cuando el Gobierno portugués decide reformar la legislación del alquiler para dar mayor “libertad contractual”, eliminar límites a la actualización de las rentas entre contratos y acelerar los mecanismos de desahucio. Las palabras importan:

Libertad contractual. Confianza en el mercado. Actualización. Flexibilidad. Agilización.

Podrían estar impresas en cualquiera de los folletos de ICONOCLASTA. Porque la política de vivienda tampoco utiliza un lenguaje inocente. Presentar la reducción de las protecciones del inquilino como una forma de “dinamizar el mercado” no elimina sus consecuencias materiales: simplemente cambia la manera de nombrarlas. Para mí, resulta difícil separar estas medidas de las cifras que las rodean. En un país donde comprar una casa se encarece un 16,5 % en un año y donde los nuevos alquileres suben más de un 10 %, facilitar el desahucio y ampliar el margen de actuación del propietario no es una decisión técnica ni neutral. Es una elección política sobre quién debe asumir el riesgo de la vivienda.

Y ahí es donde ICONOCLASTA deja, por momentos, de parecer una ficción. Después llegó el desahucio de Maricarmen en Madrid. Una mujer de 87 años expulsada de la casa en la que había vivido durante más de siete décadas. No quiero convertir su historia en una ilustración de este proyecto. Sería exactamente al contrario: su historia obliga a recordar qué queda fuera del encuadre cuando hablamos de rentabilidad, puesta en valor, actualización de rentas, inversión o disponibilidad. La respuesta colectiva que siguió en Madrid —la movilización, la acampada en la Puerta del Sol, la negativa a aceptar el desahucio como un simple procedimiento administrativo— abre, por lo menos, otra posibilidad: la de volver a disputar públicamente qué significa una casa.

Quizá sea ahí donde quiero situar ahora ICONOCLASTA.

No solo en las imágenes que no cargan, sino en todo aquello que el lenguaje del mercado consigue hacer desaparecer de la imagen. Porque detrás de una “actualización de renta” puede haber alguien que ya no puede pagar su casa. Detrás de una “oportunidad de inversión”, alguien que tiene que marcharse. Y detrás de una “agilización del desahucio”, un desahucio.